Diáspora del verano
Hemos superado y en ocasiones sufrido, la presencia de algún quebranto, catarro, ataques de reuma, neumonías, caídas…en aquellos días lluviosos, fríos, oscuros, impregnados de un fuerte nordeste, abriéndose casi sin darnos cuenta, el pórtico que permite la presencia de la luz y el calor, que define al verano. Momento, en el que millones de personas abandonan temporalmente sus casas y ciudades, para desplazarse a pueblos, costas, montañas, playas, incluso a otros países del entorno o más lejanos. Se trata de una diáspora estacional, que modifica durante semanas la geografía, la economía, y de forma muy especial el estado de ánimo de los ciudadanos. Es en el fondo un movimiento migratorio temporal y voluntario, que viene a responder a la necesidad de descanso, convivencia y renovación emocional interior. Un fenómeno que por otra parte afecta a la totalidad de los países desarrollados, y que constituye una de las mayores movilizaciones humanas del planeta.
Se impone el imperio de la necesidad, de reponer fuerzas, junto al de romper con lo cotidiano o rutina. Diversas investigaciones sobre el estado de bienestar, nos indican, que el cerebro necesita alternar periodos de esfuerzo, con etapas de recuperación. El cambio de entorno reduce la carga mental, disminuye los niveles de estrés, y favorece una mayor creatividad. Es un hecho que las expectativas de vacaciones; el viaje, y los recuerdos que posteriormente se conservan, van a generar emociones muy positivas, cuya vida durará meses e incluso años. Beltrand Russell defendía, que una vida absorbida por el trabajo, empobrece la existencia, de aquí que el ocio no sea una pérdida de tiempo, sino una condición necesaria para el desarrollo intelectual y emocional. Idea que tiene plena vigencia, representando la diáspora veraniega, ese espacio de libertad donde la productividad, da paso a la contemplación, a la convivencia intensa y al descubrimiento continuo.
Zygmunt Bauman observó en este sentido, que las personas necesitan reconstruir periódicamente sus vínculos sociales, de aquí que durante el verano muchas familias vuelvan a reunirse, recuperando las relaciones que durante el año no han podido mantener, recuperando los pueblos aquel ambiente vivo y joven que habían perdido, multiplicando muchos municipios la población por dos, tres, e incluso siete veces su población, demostrando que su identidad no sólo depende de sus pobladores habituales, y que es inmensamente más rico y bullicioso. Este movimiento poblacional, tiene por otra parte una repercusión económica rica e indiscutible, sectores como la hostelería, comercio, transporte, restauración, así como la renovación de diferentes actividades culturales, entre las que se mantiene como eje fundamental las fiestas de cada población, todas ellas concentran buena parte de la facturación anual, durante los meses estivales. En numerosos países mediterráneos, especialmente por su clima y riqueza ambiental, el verano supone el autentico motor económico que sostiene miles de empleos directos e indirectos, esto va a permitir revitalizar pequeñas y en ocasiones olvidadas localidades que, durante el resto del año, sufren la despoblación a la vez de un triste envejecimiento.
Junto a este cambio enriquecedor, el verano también plantea ciertos desafíos, cada día más agudos;las infraestructuras han de absorber una población bastante superior a la habitual, aumentando especialmente el consumo de agua y de energía, se incrementan la producción de residuos, surgiendo como respuesta, problemas de tráfico, junto a una enorme masificación, de aquí que el equilibrio entre, desarrollo económico y sostenibilidad,constituya de esta forma uno de los grandes retos del turismo moderno. Surgiendo cada día más voces preconizando la desestacionalización, o un mejor reparto de los visitantes a lo largo del año. Existe en todo ello un componente emocional muy rico, el encuentro con el ambiente en el que hemos nacido, crecido y desarrollado; el caminar por sus calles, y el olor de las escuelas que siempre perdura, el reencuentro con lugares que nos “señalaron”, despierta en nosotros un sentimiento de pertenencia, imposible de encontrar en la vida cotidiana, funcionando el verano como un puente, que conecta distintas generaciones. Los mayores en este caso transmiten recuerdos, su historia ligada al lugar, costumbres, y tradiciones;mientras que los jóvenes, descubren el enorme valor de unas raíces, que durante todo el año se mantienen sesteando por el ruido de la vida.
Es interesante recordar, cómo algunos autores, entre ellos Martin Seligman, sostienen, que el bienestar duradero, depende de cultivar las emociones positivas, las relaciones personales, junto a las experiencias significativas. La diáspora nos facilita la vivencia de este grupo de elementos, permitiendo como poso, el descanso, desde donde se fortalecen los vínculos afectivos, a la vez que nos permiten conocer nuevos lugares, ofreciendo un ambiente especial, desde el cual, facilitar la reflexión sobre nuestros propios objetivos, en nuestro camino vital.
Autor: Dr. Rodero, Psiquiatra, Santander 2026.



