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POR UNA RELACIÓN DE PAREJA ESTABLE Y ESPERANZADA

Se trate de uno u otro sexo, de una orientación sexual o de otra, se sea más o menos joven… la tendencia mayoritaria en nuestra sociedad, es la de aspirar a vivir en pareja. Desde el nacimiento, estamos conviviendo con nuestros padres, abuelos y familiares, y lo ordinario es, que todos ellos tengan una vida compartida, de aquí que el aprendizaje se inicia en los comienzos de nuestro itinerario vital. Es en la preadolescencia, cuando nos iniciamos en la conciencia de esta realidad, y cuando en nosotros se registran las primeras y básicas inquietudes, que normalmente vivimos en el colegio, “a María le gusta Pepe, o a Manolo le gusta Carolina…” estos comentarios, que en ocasiones provocan cierto sonrojo en los protagonistas, van lentamente madurando, hasta que ya en la adolescencia sentimos la necesidad biológica, de estar junto a aquella persona que nos estimula, que marca en nosotros cierta admiración, que nos hace sonreír a la vez de soñar, que sin pretenderlo nos sitúa en otro planeta, que nos facilita de forma suave, amable y gozosa, el paso del tiempo, que cuando estamos junto a ella, éste, transcurre sin darnos cuenta, que nuestro pensamiento de forma permanente aletea en su derredor, que en ocasiones pensamos en el sentimiento de ternura que nos estimula, a la vez que nos transforma, de tal forma que, se nos haría imposible vivir sin verla, estar a su lado, sentirla cerca, escuchar su voz, sentir el calor de su alma, en definitiva,  somos una prolongación de una unión suave, a la vez de serena, joven y alegre.

Con esta relación tan entrañable, como afable y sencilla, que impregna todos nuestros actos, damos comienzo a una etapa en nuestra vida, enormemente saludable, activa y esperanzadora, soñamos, nos proyectamos en el futuro desde una realidad presente, repleta de seguridad y felicidad. Pasa el tiempo, y nuestro contacto se estrecha, se acerca más cada día, y dependiendo de la edad, y de las posibilidades de emancipación, los pasos son más o menos lentos, siempre teniendo en cuenta un objetivo, que cada día madura más, adquiriendo más cuerpo de realidad la posibilidad de convivir, o vivir juntos nuestro amor.

Hay que remarcar que los sentimientos, los deseos, e incluso las necesidades sentidas, nos van a exigir ciertos compromisos para que puedan cumplirse, porque nada se regala, y además todo lo bueno y grande, viene precedido por el dolor, el sufrimiento, (pensemos en el embarazo deseado y bello, y en el dolor del alumbramiento), por esto tenemos desde el principio que abonarnos, al “diálogo permanente”, pues sólo este nos va a permitir situar en la esfera de la diafanidad, cualquier atisbo de oscuridad, equívoco, o fantasía confusa. El diálogo es la base del acuerdo, y éste será una constante, contrastando permanentemente criterios, comentando todo aquello que necesitamos saber del otro…, incluso se puede pecar de diálogo, puesto que supone siempre enriquecimiento, al conocer más y mejor al otro.

Tan importante como el diálogo es, “la aceptación de cada singularidad del otro”, la aprobación de la persona tal cual es, baja o alta, con más o menos peso, de cualquier color, sea más o menos simpática, más o menos familiar, con más o menos formación académica, del campo o de la ciudad… nadie después de la unión, ha de discutir, el peso, la simpatía, si nos gusta más o menos salir… hemos de aceptar y respetar la personalidad de cada uno, y ninguno tiene derecho a intentar cambiar, por deseo expreso del otro. Circunstancia distinta es, si nosotros vivimos en una sociedad con algún tipo de exigencia, o trabajamos en grupo, y éste vive algunas singularidades, haremos un esfuerzo conjunto de adaptación al medio, no es sano vivir injertado de forma permanente, es vital sentirnos, del lugar donde vivimos, ejercemos nuestro trabajo, y tenemos nuestra descendencia, trataremos desde la humildad de iniciarnos en esos hábitos y costumbres del lugar, hasta sentirnos en simbiosis con el mismo.

En estos momentos, en los que la sociedad ha ido acercando los sexos, haciéndolos más iguales en derechos y obligaciones, “el respeto y la lealtad que es gratitud al otro, y a todo lo que representa”, es esencial para la conservación de una relación estable e higiénica. No es positivo que yo me sienta bien con mi pareja, pero me niegue a admitir a los suyos, no participando en los eventos de su familia, porque uno no es uno, uno es más, hay que sumar lo que representa y significa. Si ellos no me aceptaran, podría admitirse otro tipo de respuesta.

Fuente: Dr. Baltasar Rodero, Psiquiatra, Santander 2026

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