Sobre nuestras equivocaciones
En nuestro diario acontecer, las equivocaciones aparecen como los pasos en falso de una danza que nunca cesa. Equivocarse por ello es, como un sello dentro de los actos humanos, como la muestra de que nuestra razón, por muy afinada que esté, convive siempre con la duda, el instinto, la emoción y el azar. Y si bien solemos temer al error como si se tratara de una permanente amenaza, lo cierto es que sus raíces y sus consecuencias, revelan tanto de nosotros como nuestros aciertos o virtudes.
Nacen en nosotros, son de nuestra propiedad, no los deseamos e incluso en ocasiones los tememos, ¿Dónde están entonces sus raíces? ¿Por qué erramos? La psicología contemporánea ofrece un abanico de explicaciones: sesgos cognitivos, impulsos emocionales, fatiga mental, carencias de información o incluso un exceso de confianza. Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, describió con enorme lucidez cómo nuestra mente oscila entre dos sistemas: uno rápido, intuitivo, que responde casi por instinto, y otro lento y reflexivo, que exige esfuerzo. El primero nos salva de muchos apuros, pero también nos empuja a la toma de conclusiones precipitadas. El segundo reduce errores, aunque en ocasiones carecemos de tiempo y la energía necesaria para recurrir a él.
También las equivocaciones pueden tener un origen social. Vivimos rodeados de, ruidos, voces, familia, los medios y las redes sociales que moldean nuestras percepciones, y nos pueden conducir en ocasiones por senderos equivocados. Por ello podemos decir, que muchos errores no sean individuales, sino colectivos: desde burbujas económicas alimentadas por la euforia social, hasta decisiones políticas motivadas por intereses espurios.
Sin embargo, la esencia de nuestras equivocaciones, no es tanto su existencia como su posible interpretación. “Errar es humano, perdonar es divino”, escribió Alexander Pope, y podríamos añadir de acuerdo con nuestras experiencias, que: aprender de la equivocación es la verdadera prueba de la inteligencia. La pedagogía moderna insiste en la idea de que el error no es un final, sino una rampa hacia el conocimiento. Un niño que se equivoca al escribir una palabra, no fracasa; simplemente ensaya el camino correcto, de igual forma cuando se cae, o suspende. En este sentido, la equivocación es más fecunda que la perfección. Como señaló el filósofo alemán Ernst Bloch, “el error también tiene futuro”, porque abre espacios de corrección, de búsqueda y de reinvención. Una vida sin errores sería un paisaje entelerido, carente de crecimiento.
La historia del pensamiento está poblada de reflexiones sobre nuestras equivocaciones. Sócrates, que convirtió el reconocimiento de la propia ignorancia, en punto de partida de la sabiduría, nos enseñó que no hay error más grave, que creerse dueño de la verdad. Para él, la equivocación no era tanto un déficit como una oportunidad de cuestionamiento. Spinoza por su parte, veía los errores como frutos de la confusión y la insuficiencia del conocimiento. Desde su visión racionalista, equivocarse era una consecuencia natural de no comprender adecuadamente las causas. Y Nietzsche, desde su ímpetu dio un giro más radical: para él, el error —incluso las ilusiones— era indispensable para vivir. La verdad desnuda podía ser insoportable, y las equivocaciones colectivas, como los mitos, eran necesarias para dar sentido a la existencia.
La modernidad también ha añadido sus matices. Jean-Paul Sartre recordaba que, al estar condenados a la libertad, nuestras elecciones siempre cargan con la posibilidad del error. No equivocarse sería no elegir, y por tanto, no vivir.
Por otra parte, hay errores discretos, casi invisibles, que se consumen en la intimidad: malinterpretar una mirada, tomar un camino más largo de lo necesario. Y hay equivocaciones públicas, estruendosas, que marcan el rumbo de sociedades enteras: guerras emprendidas con razones falsas, inversiones que terminan en catástrofe, promesas políticas que se desmoronan con la realidad.En ambos casos, generalmente lo común, es la mezcla de, orgullo, egoísmo y vulnerabilidad que nos acompaña. Aun así, equivocarse hiere, porque desnuda nuestra fragilidad, aunque a la vez nos recuerda que no somos máquinas, sino criaturas que tropiezan mientras avanzan. De aquí que podamos afirmar que las equivocaciones, lejos de ser anomalías, constituyen parte esencial del guion humano. Son el precio que pagamos por actuar en un mundo incierto, donde la información nunca es completa y las emociones nos presionan. Pero también son las semillas de nuestro progreso: sin error no habría corrección, sin tropiezo no habría aprendizaje.
Quizá la lección filosófica más valiosa, sea aceptar la equivocación como compañera inevitable, incluso necesaria. Como escribió el poeta Antonio Machado, “caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Y en ese andar, los desvíos, las caídas y las correcciones no son fallos de la ruta, sino parte del viaje mismo, o la manera más certera que tenemos de seguir siendo humanos.
Fuente Dr. Rodero, Psiquiatra, Santander 2026.



