¿Realmente la mente puede enfermar por estrés prolongado? La psicología tiene la respuesta
El estrés ha pasado de ser una respuesta puntual a convertirse en un estado casi permanente para muchas personas. Pero ¿qué ocurre cuando el estrés deja de ser adaptativo y se mantiene durante meses o años? La psicología contemporánea tiene cada vez más evidencias claras.
Investigaciones longitudinales publicadas en Psychological Science y Health Psychology muestran que el estrés crónico altera procesos psicológicos fundamentales como la memoria, la atención y la regulación emocional. A largo plazo, no solo afecta al estado de ánimo, sino a la forma en que interpretamos la realidad.
Uno de los hallazgos más relevantes es el impacto del estrés prolongado en el sesgo cognitivo negativo. Las personas sometidas a altos niveles de estrés tienden a percibir amenazas donde no las hay, anticipar resultados negativos y recordar más fácilmente experiencias desagradables. Este patrón mental aumenta el riesgo de ansiedad y depresión.
Además, estudios en psicología de la salud indican que el estrés sostenido deteriora la capacidad de recuperación emocional. Situaciones que antes se resolvían con facilidad comienzan a generar respuestas desproporcionadas, irritabilidad o bloqueo mental.
La buena noticia es que la psicología también ha identificado factores protectores. La percepción de apoyo social, el sentido de propósito y las estrategias de afrontamiento activo reducen significativamente el impacto del estrés sobre la salud mental. No es solo lo que ocurre, sino cómo lo interpretamos.
Desde una perspectiva científica, el estrés no es una debilidad personal, sino una señal de desequilibrio entre demandas y recursos. Comprenderlo así permite abordarlo de forma más compasiva y efectiva.
Fuente: McEwen, B. S. (2017). Neurobiological and systemic effects of chronic stress. Chronic Stress, 1, 1–11.

