Gasto en defensa o en el estado de bienestar

A lo largo de la historia cada época de bienestar social, normalmente ha convivido con un estado de inquietud silenciosa, por la presencia del temor a perder lo alcanzado. En nuestras sociedades desarrolladas, de forma especial en el Occidente europeo y afines, donde durante décadas se ha consolidado el llamado “estado de bienestar”, ese miedo ha sufrido una sacudida, como los conejos “cuando salen de su siesta”,que se expresa de forma cada vez más visible y universal, el debate sobre el rearme y la seguridad. El ciudadano acomodado, consciente de la fragilidad de la estabilidad internacional, observa con inquietud un mundo que parece alejarse del equilibrio de la posguerra. Por lo que ha tomado cuerpo, un planteamiento defensivo, que no solamente es político o estratégico, también es profundamente filosófico.

Ya en el siglo XVII el pensador inglés Thomas Hobbes, describía en su obra Leviatán,una idea cuyo eco persiste con total claridad: “cuando los seres humanos perciben inseguridad, tienden a prepararse para el conflicto, incluso antes de que este llegue”. Para Hobbes, el estado natural del ser humano está marcado por la desconfianza mutua; cada individuo teme que el otro pueda amenazar su supervivencia. De ahí surge la famosa expresión de la vida humana, en ese estado primitivo: “solitaria, pobre, brutal y corta”.

Las sociedades modernas, especialmente después del caos sembrado como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, con tantas muertes, desplazamientos, desgarro social, detritus y pobreza, lograron contener ese miedo, mediante la creación de instituciones internacionales, con la participación de todos capaces de velar por su seguridad mundial, nacieron así instituciones, leyes, normas, y una real cooperación internacional. Durante décadas, Europa creyó haber superado la lógica permanente del conflicto. Surgiendo así el estado bienestar económico, los sistemas públicos de salud, junto a la propagación de la educación y la protección social, todo entonces parecía confirmar, que la historia avanzaba hacia una mayor estabilidad.

Sin embargo, la filosofía política nos recuerda que la seguridad es un sentimiento muy frágil. El filósofo alemán Immanuel Kant, imaginó en su ensayo “La paz perpetua”, un mundo donde los estados cooperarían bajo principios racionales y jurídicos. Pero incluso Kant reconocía, que esa paz debía sostenerse, mediante estructuras capaces de evitar la agresión, porque la paz no era un estado natural, sino una construcción política, que exige vigilancia constante.

En el momento actual, las sociedades acomodadas están recibiendo señales inquietantes: conflictos regionales como el de Oriente próximo y el del continente americano, tensiones geopolíticas fruto del conflicto de intereses, especialmente entre aquellos países más ricos, competencia económica entre potencias, unas por mantener su nivel y otros por conseguir lo que no les pertenece, situación que provoca una creciente sensación de incertidumbre global, al recaer el mayor grado de responsabilidad en dos o tres personas, cuya codicia viene alimentada por una locura perversa y ciega avidez, en la que el afán de destrucción, poder y control, son sus referentes… En este contexto, el rearme se interpreta por algunos gobiernos como una forma de prevenir amenazas futuras. El argumento que se repite es simple: si el orden internacional se debilita, cada país debe reforzar su capacidad de defensa.

Pero aquí aparece la paradoja moral. Mientras se destinan más recursos a la seguridad militar, surgen preguntas sobre el coste social de esa decisión, y entonces cabe preguntarse, ¿puede mantenerse un estado de bienestar robusto, si los presupuestos se orientan hacia la defensa? La historia muestra que las sociedades ricas, suelen armarse cuando temen perder su posición, no cuando están seguras de ella.

El filósofo alemán Hannah Arendt advertía, que el miedo es una de las fuerzas políticas más poderosas. Cuando una comunidad percibe amenazas, reales o imaginadas, tiende a priorizar la protección sobre la convivencia, desplazándose en este momento el debate público: lo que antes se ha venido destinando a mejorar la vida de los ciudadanos, comienza a justificarse como inversión en seguridad, sabiendo que ésta carece de fin, porque se da siempre la carrera sin límites, de la adquisición de las armas más eficaces, que a la vez son las más costosas.

En el fondo, el rearme contemporáneo revela una tensión permanente en la condición humana. Todos generalmente queremos prosperidad y estabilidad, pero siempre vivimos en el temor de perderlas. Y ese temor, tan antiguo como la propia civilización, sigue empujando a las sociedades a prepararse para un conflicto, que esperan no tener que vivir. La cuestión filosófica sigue abierta: si el miedo gobierna nuestras decisiones colectivas, ¿hasta qué punto puede sobrevivir el ideal de una paz duradera, basada en la confianza?

Autor: Dr Rodero, Psiquiatra, Santander 2026.

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