Las lágrimas, el dolor y la gloria del fútbol
Cuando hablamos de futbol, no sólo hablamos de fútbol, estamos relatando la asistencia en grupo a un espectáculo típico, al desplazamiento cada quince días a otras ciudades, a la comunicación entre individuos de diferentes, sexos, edades, culturas y niveles sociales, a momentos de alegrías y de lágrimas,salpicadas de glorias y fracasos; es algo que surge de las entrañas de la necesidad de pertenecer y compartir una identidad, que va a dar un sentido colectivo, dentro de una sociedad cada día más individualizada. Algo en definitiva que hace vibrar y modificar de forma permanente el estado de ánimo, crear esperanzas a la vez de frustraciones, algo, que modifica continuamente nuestro ritmo cardiaco.
Desde Aristóteles sabemos, que el individuo es un animal social, que necesita sentirse en un estado de pertenencia, por lo que su aspiración es la integración en la comunidad, en la que busca el desarrollo pleno de su existencia. Aquel que vive el fútbol como aficionado, siempre encuentra un grupo junto al que vivirá el “estadio” como un templo, en el que vibrará, llorando en ocasiones, riendo en otras, cantando en muchas, incluso creando himnos que ensalcen y animen a su equipo, en definitiva, sintiendo todo tipo de emociones, desde las más desgraciadas, a todas aquellas que le trasportan a la máxima exaltación. Durante noventa minutos, niños, adolescentes, adultos, casados, solteros separados, altos, bajos, adinerados y pobres, son iguales, frente a toda aquella representación casi espiritual.
Todo ello va a provocar un vínculo como mágico, entre hombres, mujeres, niños, familias enteras, vecinos y desconocidos, en el que encontraremos la explicación a la superación de las penurias de viajes extemporáneos, a la falta de sueño, madrugadas, fríos intensos o calores inaguantables, estados de soledad, de tristeza, de pena ante las derrotas, algo que en principio pudiera calificarse de poco racional o absurdo, algo que supo en su momento explicar Nietzsche cundo manifestó que,“todo ser humano puede soportar cualquier tipo de sufrimiento, cuando encuentra un porqué”.
Muchos de estos aficionados se podrían afirmar, que nacen bajo la influencia de los templos del fútbol, o estadios, de cuyos padres e incluso abuelos reciben esta pasión ciega, transmitiéndose el escudo del equipo como algo sobrenatural, de tal forma, que ir al estadio, supone una procesión espiritual, que se transmite de generación en generación. El niño que nace y vive este ambiente, aprende espontáneamente; el significado de unos colores, la lealtad a los mismos, la lucha por su exaltación, así como el sentimiento de pertenecía al grupo, figurando todo ello en la autobiografía sentimental de cada persona.
Esta pertenencia o identificación al grupo, supone un robustecimiento de la persona, en la que se fortalece su autoestima, a la vez que desaparece el sentimiento de soledad, y cuando el club vence, o consigue la meta propuesta al principio del curso, experimenta un estado de entereza y libertad auténticas, el cerebro libera neurotransmisores gratificantes, consiguiendo cuotas de placer y bienestar supremas. De aquí que las victorias se compartan sin límites, abrazando a cualquiera que se sitúe en nuestro perímetro de protección.
También se vive y con cierta frecuencia, situaciones de frustración, pues no todo en el camino va a ser fácil, el equipo puede perder, y puede perder en el momento menos oportuno, en el que se juegue algo esencial, la pena, el ahogo emocional, la tristeza, el encogimiento del alma, surge, a la vez que se suscita el abrazo, el acercamiento, la unión que va a facilitar la salida del trance. En estos momentos es donde surge la esperanza, la capacidad de levantarse tras la derrota, porque la grandeza emocional de un club, no sólo reside en el logro de títulos, sino en la resistencia de todos aquellos que continúan apoyándole en los tiempos más difíciles. Podemos aquí resaltar que, en un mundo inestable sometido a cambios permanentes, una de las pocas cosas que se mantiene estable, es la pertenencia a un equipo, de aquí que defender esta alianza, sea el equivalente de defenderse a sí mismos, o de huir de lo inestable.
De todas formas, hemos de resaltar, que la máxima intensidad de todos los clubs se alcanza con la victoria, nosotros la hemos disfrutado y saboreado en masa con el Racing. Las calles se llenaron de cánticos en grupos, la ciudad entera cambió su expresión, con la manifestación de bullicio, ruido y movimientos,en plazas y lugares de convivencia, se respiró un ambiente fraternal de alegría, porque en el fondo todos sabíamos, que el sufrimiento, el esfuerzo, las penas dejadas en el camino, habían merecido la pena. El éxito del equipo,así se convirtió en el éxito de todos.
Autor Dr. Baltasar Rodero, Psiquiatra, Santander 2026



