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La queja como síntoma

Acude a consulta una joven de 29 años, casada, hija única y madre de un niño de año y medio:educada, con buena presencia, y con aceptable formación académica, tiene un trabajo administrativo, en el que se encuentra muy satisfecha, tanto con el objetivo del mismo, como con los cinco compañeros con los que comparte su tiempo. En estos momentos ha solicitado media jornada para estar más cerca de su hijo, sobre el que vive volcada junto con su marido, que la apoya de forma incondicional; se podrían definir como una pareja feliz, que han conseguido obtener todo lo que habían soñado. Sus padres domiciliados en otra provincia, mantienen permanente contacto con su hija, no obstante, su padre, consumidor habitual excesivo de alcohol, presenta un comportamiento cada día más inestable, habiéndose agravado con la ausencia de la hija, circunstancia que plantea enfrentamientos y discusiones casi permanentes con su mujer, haciendo que esta acuda de forma reiterada al auxilio de su hija, mediante llamadas casi diarias, de tal forma que, en cualquier momento o circunstancia, suena el teléfono, pudiéndose escuchar las quejas cargadas de irritación y hartazgo de la madre, amenazando con la separación, algo que a la hija la afecta, entristeciéndola, por lo que acude a esta consulta.

El padre siempre ha sido un bebedor excesivo habitual, por lo que siempre ha mantenido cierto enfrentamiento con su esposa, y siempre la hija ha sabido mantenerse en medio del proceso, neutralizando iniciativas radicales, propuestas especialmente por la madre, pudiéndose decir, que ha sabido mantener cierta calma en un proceso intempestivo, ha sabido reconducir el proceso, disminuyendo el padre puntualmente el consumo. Pero su casamiento y posterior traslado a otra provincia, han provocado en el padre un incremento en el consumo, y con ello se han incrementado la intensidad de las consecuencias del mismo; las discusiones, desencuentros, amenazas… se han hecho más habituales y más dramáticos, aunque en el fondo no ha cambiado sustancialmente nada. El sigue siendo como era frente al alcohol, y ella, su esposa, persiste en la queja, sin que haya tomado decisión alguna.

Ocurre sin embargo que, la madre, casi permanentemente contrariada, sigue utilizando a la hija como siempre, llamándola ante cualquier anomalía, sin pensar si está en condiciones de responder,(tiene un hijo y una casa que atender), de tal forma que, la llamada puede ocasionarse en el momento menos propicio para la hija, por ejemplo, cuando está el niño llorando y requiere la presencia de la madre, o además está realizando una labor casera. Llama la madre, la hija toma el teléfono, y aquella necesitada de evacuar su queja, ciega de ira, rabia y malestar, no se da cuenta de la situación de la hija, persistiendo en sus quejas, más que conocidas para la hija, para cortar bruscamente cuando ha evacuado todo su malestar. La hija de esta forma queda muy disgustada y entristecida, es hija única y lo vive intensamente, y además ha abandonado sus labores entre las que destaca su hijo llorando. La madre, sin embargo, ha descargado su enfado, se ha liberado de esa carga, y pasa a mantener su ritmo, olvidando el momento, sin ser consciente del dolor y la angustia, que transmite a su hija con esa actitud aprendida.

Por la frecuencia con la que se suscitan estos casos u otros parecidos, queremos destacar que, la queja nos esteriliza, no resuelve nada, y además provoca enorme dolor al que hace de vertedero, de aquí que frente a cualquier problema que limite nuestra serenidad, y por el que de forma obsesiva dediquemos parte de nuestro tiempo a quejarnos, hemos de parar en seco y pensar, ¿cuál es la solución?, y si existe y se puede llevar a cabo, hagámoslo ya, de no ser así aceptemos el problema, sin queja alguna.

Nos ha traicionado un amigo; una hipoteca nos presiona; nos ha abandonado la pareja; un hijo no tiene el comportamiento deseado; un vecino nos ha hecho una faena; el cuñado es inaguantable, especialmente cuando bebe; mi cónyuge no se ha emancipado totalmente, de tal forma que mantiene conversaciones diarias con sus padres durante horas; me siento culpable por una toma de decisiones no adecuada; he quedado mal con una persona que aprecio…Todos estos procesos tienen en común, la provocación de cierta insatisfacción en nosotros o queja, y como consecuencia malestar permanente, que se expresa como enfado, tristeza, irritación, soledad, e incluso consumo de alguna sustancia…

Para tratar de evitarlo, hemos de encontrar un momento de serenidad y reflexionar para: primero, aceptar el problema como tal, y después, proceder con la respuesta más adecuada, aunque no nos guste, es el precio del peaje para podernos sentir libres, no quejándose jamás.

Autor Dr. Baltasar Rodero, Psiquiatra, Santander 2026