Sobre el enfrentamiento social
Se puede afirmar sin temor a equivocarse, que en nuestra sociedad, desde los barrios más periféricos de las ciudades, hasta los parlamentos más lujosamente iluminados, incluso por focos televisivos, late un mismo destemple: el choque entre diferentes grupos sociales. Obviamente en ocasiones no es explícito, no siempre se observa manifestaciones de violencia o atropellos, pero su poso está como brasa, que al menor viento prende el fuego, por lo que me gustaría, primero, entender este comportamiento, y después glosar los mecanismos de su prevención.
La idea más antigua expresada por un gran pensador, Thomas Hobbes, es, la de que el ser humano cuando percibe escasez, de forma inmediata surge la rivalidad, el enfrentamiento, o de otra forma, surge la realidad,” el hombre es lobo para el hombre”, escribió en su “Leviatán”. Cuando tenemos el sentimiento, de que nuestros recursos, oportunidades, o reconocimiento social están amenazados, nuestra reacción natural es el recelo, la desconfianza; este sentimiento cuando se observa a escala social, supone el pretexto ideal para el enfrentamiento. Tenemos que aclarar que la escasez no siempre es material, por ello, en aquellas sociedades como en la que vivimos, que disfrutamos de niveles razonables de prosperidad, lo que se percibe como limitado es el estatus, el prestigio, la relevancia frente a los demás, de tal forma que, cuando un grupo avanza, en nuestro criterio demasiado deprisa, este progreso se interpreta como perdida propia, amplificándolo las redes sociales con su eco profundo y penetrante, porque todo se mide y se compara, cumpliendo así con los requisitos de una competición.
Si a esto le sumamos la desigualdad progresiva, los ricos cada día más ricos y los pobres más pobres, habiendo casi desaparecido la clase media, no solo desde el aspecto económico, sino desde el acceso a las oportunidades y redes de influencia, observando que los ascensores sociales solo funcionan para la clase elegida, la percepción de injusticia actúa como liquido inflamable y se generaliza, convirtiéndose en relato colectivo:” los otros tienen privilegios”, “los otros nos quitan lo nuestro”, provocando la aparición de trincheras, unas para defenderse, las otras para seguir ascendiendo.
Por otra parte, no siempre el enfrentamiento se aprecia por abajo, ocasionalmente y con enorme determinación, es alimentado desde arriba, desde las elites política y económica especialmente, que de forma consciente transforman la división en estrategia, porque la polarización funciona como un pegamento emocional, volviéndose rentable políticamente el antagonismo. De forma deliberada se construyen enemigos, y se ponen bocina a las diferencias, se manipulan los miedos que pueden paralizar o agitar, y al final, los diversos grupos sociales se expresan de acuerdo con los sentimientos sembrados, definiéndose como, vagos, ignorantes, privilegiados, ladrones, mentirosos,….siendo la deshumanización la fase final.
No obstante, hemos de entender, que como en todas las circunstancias debilitantes se dan contrapesos, cuyo fin es el de distender las tensiones, evitando con ello el conflicto, y es aquí donde en estos momentos hay que poner el foco. Quizás la justicia distributiva sea la piedra angular, no como reparto igualitario, sino como creación de condiciones, que hagan posible que cada persona pueda prosperar sin partir de desventajas insalvables. Aristóteles sostenía, que la estabilidad de una polis dependía, de mantener la justa proporción entre los ciudadanos. Las democracias modernas lo denominan bienestar, de aquí que se aspire a una educación pública solida, y a unos servicios sociales, que puedan compensar las desigualdades de origen. Cuando entre los grupos incluso fanatizados, la brecha de separación se estrecha, la rivalidad pierde fuerza. El reconocimiento mutuo es otro potente pegamento. Axel Honneth subraya, que la mayoría de los conflictos humanos se suscitan, cuando los grupos sienten que su identidad y contribución son despreciadas, de aquí que no baste con redistribuir riqueza, es vital redistribuir respeto. Escuchar, dialogar, entender y validar al otro, reduce las tensiones. También el contacto directo, porque la interacción regular entre grupos, reduce los prejuicios, siempre que se den las condiciones de igualdad y cooperación. Es evidente que cuando personas de mundos diferentes trabajan juntas, hacia un objetivo compartido, la narrativa del enemigo desaparece, descubrir la humanidad del otro es el mejor antídoto de la tensión. Queremos significar siguiendo a Hannah Arendt, la acción, como espacio donde personas distintas se encuentran.” para construir en común”; en este tiempo, en el que la desconfianza y la competitividad son un hecho social, se hace esencial la “acción”, porque el conflicto no es nuestro destino, es una dinámica que podemos apagar o encender, depende de cómo distribuyamos los recursos, de cómo tratemos las diferencias, de cómo escuchemos al otro, de que la comunidad sea respetada y respaldada.
Fuente: Dr Baltasar Rodero, Psiquiatra, Santander 2026

