Mejorar las habilidades del lenguaje en un bebé incluso antes de que se arranque a hablar es posible. Así lo cree un grupo de científicos de la Universidad de Rutgersen (New Yersey, EEUU), quienes aseguran que un entrenamiento durante los primeros seis meses de vida incrementa la capacidad de distinguir un mayor número de sonidos diferentes -de distintos idiomas- y, por lo tanto, de reproducirlos.

Precisamente durante este semestre, argumentan los autores en su estudio, es cuando los bebés pueden reconocer cualquier sonido del mundo. Se puede decir que tienen una capacidad infinita. Los bebés “no tienen ninguna restricción al oír pero esta capacidad la pierden muy rápido. A los seis meses empieza a reducirse esta facilidad para distinguir los sonidos”, argumenta Clara Martín, investigadora del centro de Neurociencia Cognitiva del Lenguaje (Basque Center on Cognition, Brain and Language -BCBL-), situado en San Sebastián. A partir de entonces, el oído se limita y se va adaptando, sencillamente, a los sonidos que escucha día a día.

Esto es lo que explica que, por ejemplo, a los japoneses les cueste diferenciar entre la letra ‘R’ y la ‘L’. Porque ellos no las tienen en su lenguaje y no están acostumbrados a escucharlas. Para ellos suenan exactamente igual. Otro ejemplo son los franceses con la ‘RR’.

El gran objetivo, apunta una de las responsables del estudio, April Benasich, sería conseguir no perder esa capacidad innata y temporal que tienen los bebés o, al menos, intentar aprovecharla al máximo para el futuro. Después de trabajar con 45 bebés entre cuatro y siete meses, y a través de pruebas como el electroencefalograma, Benasich y su equipo pudieron comprobar que, efectivamente, con un buen entrenamiento durante los primeros meses de vida era posible mejorar la capacidad de distinguir un ‘catálogo’ de sonidos más amplio y acelerar el desarrollo del mapa cerebral, fundamental para la adquisición del lenguaje.

Algunos de los pequeños recibieron numerosos estímulos sonoros, distintos, con una amplia variabilidad, con detalles muy sutiles. Cada vez que giraban la cabeza para prestar atención al nuevo sonido, se les recompensaba con un vídeo entretenido y colorido, para motivarles a distinguir los ruidos novedosos. Al resto, no se les recompensaba, “escuchaban de forma pasiva”. A todos, se les exploraba la respuesta cerebral con un encefalograma, antes, durante y después.

Según demuestra el artículo que acaba de ver la luz en la revista Journal of Neuroscience, los bebés de cuatro meses, cuando habían recibido estimulación y recompensa, mostraban un mapa cerebral más rápido y más preciso para detectar cualquier tipo de sonido.

“Los bebés están constantemente escaneando su entorno para identificar sonidos del lenguaje”, asegura Benasich. “Son ideales para este tipo de entrenamiento. Consiguen construir un mapa acústico más amplio, una red auditiva mejor”.

Al nacer, el bebé tiene un cerebro muy inmaduro. A diferencia de otros animales, el cráneo no está cerrado, tiene que crecer y cambiar, dicen los expertos. Durante los primeros años de vida, y sobre todo los primeros seis meses, se producen muchas conexiones neuronales nuevas. Su cerebro es como una esponja, tiene la capacidad de crear conexiones a una velocidad de vértigo. Lo que hace falta precisamente para distinguir un sonido son redes específicas de neuronas. Durante esta etapa se crean infinidad de conexiones neuronales por cada sonido nuevo. Después, en la edad adulta, “es más difícil adquirir nuevos sonidos”, aclara Martín.

Lo que se forma durante este semestre, y con el entrenamiento adecuado, son una especie de “mapas acústicos”, expone Benasich. Es decir, “grupos de neuronas interconectadas que construye el cerebro infantil para permitir decodificar el lenguaje de forma rápida y automática”. Estos mapas permiten un procesamiento del lenguaje más acelerado y exacto. En los niños estimulados y recompensados, la construcción de mapas acústicos era más ágil.

Esta base, agrega la autora del trabajo, establece una base más sólida para cualquier idioma que el niño vaya a aprender. Es lo que le podría facilitar un acento más ‘perfecto’ o pronunciar sonidos más específicos de otra lengua sin necesidad de pensar en ellos.

El entrenamiento de estímulo y recompensa y cada vez con sonidos más complejos y sutiles, ayuda a los pequeños a concentrarse en los nuevos sonidos, a crear más redes neuronales, a agilizar su procesamiento cognitivo y a aprender mejor el lenguaje.

“El experimento tiene el potencial de proporcionar beneficios duraderos“, aseguran los autores. Para comprobarlo, van a evaluar ahora a los mismos bebés hasta los 18 meses. Quizás el entrenamiento también tenga potencial para ayudar a niños con alto riesgo de dificultades lingüísticas.

Fuente: El Mundo. Laura Tardón.