07 Abr 2022
J abril, 2022

El perdón

Baltasar Rodero

De todas las reacciones posibles ante la injuria,

la más hábil y económica es el silencio.

Santiago Ramón y Cajal

 

La tibieza de los límites de nuestra convulsa sociedad, que en ocasiones se hacen cuestionables, permite unas libertades que pueden sobrepasar lo aconsejado por la mesura y la prudencia, provocando con ello fricciones, desencuentros, o simplemente ofensas, que los medios de comunicación propagan subrayando el sufrimiento de la persona ofendida.

Este tipo de situaciones, se pueden dar en cualquier medio o circunstancia, no hay acotamiento ni parcelas especificas: en la universidad, en el trabajo, entre familiares, amigos y vecinos, etc., pues el código social es propiedad de todos, y todos nos movemos dentro de sus patrones en todas las direcciones, por lo que cualquier ciudadano o colectivo social, puede verse en algún momento ofendido.

La ofensa en términos generales, va a provocar reactivamente en el ofendido, un sentimiento de perjuicio, al que puede seguir otro de dolor, de impotencia, rabia, e incluso de venganza, y la respuesta de éste va a depender de muchos factores: de quien ofende, del  tipo de ofensa, de las circunstancias en las que se ha dado la ofensa, del grado de relación entre el ofendido y el ofensor, etc.

Frente a la ofensa no existe, a pesar del trascurso de los siglos, una respuesta genérica. En la filosofía antigua, Aristóteles hablaba de perdonar. Todo hombre inteligente sabe ser indulgente y perdona, decía, sin embargo la corriente estoica, y Séneca en particular, hablaba de la clemencia, desaconsejando el perdón, al ser contrario a la justicia,  en la medida de que se trata de renunciar a un castigo merecido. Su fundamento era, que el hombre sabio es tolerante, y en consecuencia aconseja y corrige, y en el fondo reprenderá pero no castigará.

Vemos pues un mundo ordenado de forma natural, en el que las religiones, la filosofía, y el sentido común fruto de la inteligencia, han ido propiciando un abanico de normas, cauces y límites, para el mejor entendimiento y desarrollo de los pueblos. No obstante, la inseguridad, el resentimiento, la convulsión, la envidia, los egos, el placer del poder, ser o conseguir, etc., son situaciones que en ocasiones hacen que zozobremos, rompamos límites, en muchos casos de forma insultante u ofensiva, para nuestros conciudadanos.

Este preámbulo nos permite la observación de algunas obviedades. No puede ser que gratuitamente y de forma espontánea, se pierda el control de los límites, y nos permitamos un exabrupto que hiera, perjudique, lesione, o desestabilice emocionalmente a uno o varios individuos. No puede ser que el encuentro con mi serenidad suponga como resultado, la perdida de la serenidad de los demás. No puede ser que porque no sepa controlar mi inquietud, mi dolor, expele fuego que abrase a mis semejantes.

Si esto ocurriera, se hace necesaria la reparación, la restitución de la relación perdida mediante la solicitud del perdón, dentro del marco de un encuentro, que nos permite alcanzar de nuevo equilibrio, siendo la base de todo ello el diálogo.

Tenemos un defecto de diálogo, un déficit que según los comunicadores es doble, por una parte entendemos y así la vivimos, la verdad como inamovible, como una foto, estática, con colores bien definidos y límites expresamente subrayados, cuando realmente es poliédrica, es del color del cristal…, porque cada individuo dispone de su código desde el que la analiza, y en consecuencia va a disponer de una visión, que en ocasiones nada tiene que ver con la de los demás, de aquí que la verdad para unos, pueda provocar más o menos dudas razonables en otros.

A este déficit se suma los prejuicios, con los que partimos en el análisis, yo tengo mis conocimientos a través de los cuales se va configurando mi realidad, la mía, ello va a dificultar en principio el atender otra, dada su extrañeza, tengo pues dificultad primero para entenderla, y aún más para compartirla. La distancia emocional en principio puede ser muy lejana, apoyada y mantenida en principio por el ego.

El perdón además, no puede ser impuesto jamás. Se suscita de dentro hacia afuera, como el amor o la amistad, de forma espontánea, y requiere de cierto protocolo presidido por el arrepentimiento, con las consiguientes explicaciones y justificaciones si las hubiera, y esto desde la cercanía afectiva, con el objetivo de la búsqueda de formulas de reparación.

Todos pertenecemos a un colectivo, en el que compartimos creencias y comportamientos, disponemos de un caudal de información fruto de la convivencia, enriquecida por la singularidad del carácter, además de la correspondiente del colectivo específico, con el que compartamos cultura.

Desde este capital informativo, y  sin aceptar presiones, huyendo o neutralizando nuestra desazón fruto de la ofensa, pues ella dificulta un análisis objetivo, mi código me guiará en la asimilación del relato, y así el alivio surgirá como superación de la ofensa, surgiendo la aceptación.

El olvido es otro objetivo, no se puede olvidar cuando uno quiere, no disponemos de esa capacidad, pero la intensidad del recuerdo biológicamente irá siendo menor cada día, hasta que sorprenda su depósito en el olvido, se trata de un acto inconsciente, en el que el protagonismo le tiene el tiempo no nuestra voluntad.

Hemos de saber, que la ofensa generadora de sentimientos y emociones ocupa un lugar en nuestro espacio cerebral, que puede ser ocupado por otro tipo de sentimientos positivos, amistad, justicia, solidaridad, etc., de aquí que el perdón, cuando se puede aceptar desde la libertad, nos libera, y libera un gran espacio emocional, haciéndonos más fluidos, flexibles y libres.

 

Fuente Dr. Baltasar Rodero, Psiquiatra, Santander 2022