La Revolución Francesa, precedida de diferentes guerras revolucionarias, y cuyo fin suponía la lucha contra el antiguo régimen, teniendo como objetivo la Libertad, Igualdad y Fraternidad, lema enraizado en las aspiraciones del Siglo de las Luces, fue un movimiento además de político, social, en el que el individuo alcanzó culturalmente su mayoría de edad, y se enfrentó al orden establecido, en la búsqueda de su participación en la gestión social, había que cambiar las relaciones de las dos estructuras sociales bien definidas, nobleza, clero, burguesía, por una parte, y el trabajador y sufrido pueblo llano por la otra, como masa silenciosa que aguanta, y que carece de capacidad de intervenir en el proyecto social, todo para él está decidido, y él acata, acepta y se sacrifica.

La década de 1789 a 1799, cambió la concepción de las relaciones sociales, cambio que se irradió al mundo, con el nacimiento de cierta inquietud social frente a la realidad de las desigualdades existentes, fue un proceso salpicado de diferentes enfrentamientos, que puede decirse que culminaron seis años después, con la guerra de secesión de América del Norte, la doctrina que defendía tenia la equidad social como la esencial, ésta suponía la base o fundamento del movimiento.

Superado el convulso siglo XIX, en el que nacen diferentes concepciones políticas, siempre presididas por la necesidad de cambio de las relaciones sociales, nacen las democracias, con concepciones entre sociales y liberales fundamentalmente, superando las luchas que dan paso al diálogo, al contraste de criterios entre los diferentes partidos políticos y estratos sociales, surgiendo un nuevo estado de convivencia social, siempre vertebrado sobre la necesidad de una distribución justa de la riqueza.

Este concepto se ha hecho tan importante en nuestra cotidianidad, que es el factor en el que se asienta el bienestar social, máxima aspiración de los diferentes pueblos, el concepto es que el trabajo es un bien que hay que repartir, para que todos tengamos acceso por lo menos a ciertos bienes básicos, como la vivienda, la cultura, y la salud, la lucha por la igualdad de oportunidades se generaliza.

Pero esta aspiración, se ha visto que es una verdadera ilusión o quimera, entre otros aspectos porque, el 44% de las diferencias de renta entre las personas de nuestro país, solo se puede explicar por las desigualdades de origen de los diferentes ciudadanos, no teniendo relación alguna con el esfuerzo, trabajo, constancia, sacrificio…, y si con el nivel económico y social de sus progenitores, en el 56% restantes, están presente otros aspectos, como el esfuerzo y sucedáneos, además de la suerte, por lo que no se puede hablar de igualdad de oportunidades.

Un experto economista, A. Atkinson, seguido por un nutrido grupo de gestores sociales, defiende, que la igualdad de oportunidades consigue una sociedad más igualitaria, además de más inclusiva, y que estamos en condiciones de poderla conseguir, en la medida que los políticos, verdaderos responsables de la gestión social, tienen un nacimiento heterogéneo, pero él apunta, que es la igualdad de resultados la que hay que tener en cuenta, dado que es ésta, la que en el fondo va a perpetuar la desigualdad social, por todo ello pensar que estamos en una sociedad, en la que la igualdad de oportunidades, o la meritocracia tiene su relevancia, es cronificar nuestro estado de desigualdad, obviamente no todos países o culturas mantienen las mismas desigualdades, es menor en los países nórdicos europeos que en los del sur, y en los estados americanos es mayor que en los europeos, en Dinamarca el 15% de los jóvenes dependen de los ingresos de sus padres, mientras que en el Perú supone un 70%.

La pobreza en España, cuyo umbral, según la Organización de las Naciones Unidas, se sitúa en 6.417 euros de ingresos anuales, ha observado un recorrido tortuoso, y paralelo al observado por la aparición de las contracciones económicas, pasando del 26,6% en 2017, al 25,3 en 2019, y al 26,4 en 2020, representando el trabajo precario el 15%, y paro el 54,7%, y los jubilados el 16,7%. La generalización de este dato nos ofrece, que el 34,5% de los ingresos mundiales, están en manos del 10% de la población, mientras que el 50%, lo están en manos del 21%, la enorme desigualdad es evidente.

Esto entre otros resultados nos ofrece, que solamente el 15% de las personas jóvenes en España, entre los 16 y 29 años han conseguido emanciparse, según el observatorio de la juventud, 2,4 puntos menos que en el 2020, ello indica que la crisis actual o pandémica, ha incidido más gravemente que la vivida en el 2008.

 

Fuente Dr. Baltasar Rodero, Psiquiatra, Santander, 2022