11 Abr 2019
J abril, 2019

Nuestro primer hijo

Baltasar Rodero

Nuestro primer hijo. El nacimiento de un hijo, ocupe el orden que ocupe en la prole, es siempre un gran acontecimiento repleto de expectativas, pero el nacimiento del primero, en principio supone la culminación de un dilatado proceso de espera, y después un hecho sin precedentes, que nos asombra, ilusiona, nos llena de esperanza, reflota nuestros sentimientos, nos insufla energía, nos desborda la fantasía, a la vez que nacen múltiples preocupaciones.

Antes del embarazo, han nacido en infinitas ocasiones, los sueños, nuevos deseos dentro de la pareja, discusiones, diálogos más o menos tiernos, dudas, muchas dudas, por múltiples factores, pero se persiste, se insiste, y en ocasiones nos sorprende la vida porque algo nuevo, queridísimo, quiere asomarse a la vida.

Es un momento que nos hace vibrar,  moviliza todo nuestro ser, ¿qué hacer?, lo comentamos, esperamos, y si no es cierto, hay que estar seguro, las dudas al principio, junto con la ilusión y esperanza, forman un trío inseparable. Lo contamos, primero a los más cercanos, y lentamente vamos llevando la noticia al resto de la familia y amigos.

Aquí se subrayan más las preocupaciones, alimentadas por los diversos comentarios, “ son fuente de alegría, pero también de trabajo “, “lo vas a pasar en grande, pero las preocupaciones por lo menos al principio, son muchas “, ¿y qué vas a hacer con el trabajo, tienes ayuda?,” son un terremoto, se te acabó lo bueno, no te dejará parar”.

Lentamente pasa el tiempo, y con él vamos dando forma al nido, al lugar hermoso y confortable que le espera, y donde descansará plácidamente, los colores, las formas, los diseños, las opiniones familiares y de amigos se agolpan, y ello contribuye a la cohesión de la pareja, que comenta a solas, que decide en contra o favor de algún familiar, y con ello sin darse cuenta, ha transitado un camino que une la pareja a la familia. Sin darse cuenta, ha nacido una nueva familia, que se está comportando como tal, ellos frente a los demás.

Este cambio tan abrupto y feliz, transciende, y lo hace de forma especial a los abuelos, son participes en primera línea del acontecimiento, un nuevo miembro arriba en la familia, pero un miembro que lleva por sus venas su sangre, sus células, sus genes, ello quiere decir que ellos, los abuelos, no se irán jamás de forma definitiva, que quedara aquí su simiente, que jamás se irán del todo, la alegría por ello es especial, entrañable, además, de ser muy difícil de compartir.

De esta forma, el primer hijo tiene algo de especial para casi todos, los padres comienzan una nueva carrera, una nueva profesión, un camino tan deseado, como en ocasiones temido, de igual forma, el resto de la familia, y de forma especial la más cercana, siendo para los abuelos algo muy especial, ocupe en la prole, el lugar que sea, es nuestro, es algo nuestro, estamos en él y con él, no es algo circunstancial, se queda entre nosotros, con nosotros, esto refuerza nuestra identidad, y nuestro valor.

El primer hijo quizá tenga algunas singularidades, obviamente, hemos dicho que la pareja, ya fantaseaba con la posibilidad de formar una familia, y da comienzo a este proyecto con enorme ternura, cariño y protección. Él inicia un nuevo camino, o abre una puerta por la que llegarán otros, que ya tendrán un trato diferente, el miedo ante cualquier situación desconocida con el primero, se reduce, se hace más pausado todo, y surge un mayor grado de tranquilidad, ya contamos con  experiencia y lo demostramos.

En ocasiones, y especialmente si la familia es de tres o más hijos, el primero recibe cierta presión, es un referente, y esa carga que tendrá siempre, se le exigirá, deberá de dar ejemplo, amén de colaborar con los padres en la atención de los más pequeños, con él aprendieron, experimentaron, todo el mundo ignoraba todo, ahora los padres,  saben más, y especialmente él, por lo que ha de compartir.

Se dan dos curiosidades de forma simultánea, y es aquella por la que mientras él nos enseña, sin darse cuenta a ejercer como padres, éstos le enseñan a vivir, a ser con los demás, a estar en el mundo, sintiéndose un rey hasta que llegue otro, otro en principio “enemigo”, competidor y usurpador de su trono, es un golpe terrorífico que en ocasiones se soporta con ciertas o graves dificultades. Era solo, sentía todas las atenciones, era el centro, el único referente, el exclusivo, el mimado, y de repente se asoma un intruso para quedarse, y además para arrebatarle todo su tesoro, el amor de todos, la protección y el cariño de todos.

Lentamente, desaparecen aquellas miradas de ternura, las caricias propiciadas por todos, la atención del visitante. El abrazo, el beso, la ternura, la cercanía, las carantoñas, el ser mecido en los brazos de la madre, otro intruso se ha adueñado de la situación, un personaje desconocido acapara casi todo, y con ello surge la rabia, el enfado, la fácil irritación, la excesiva sensibilidad, incluso cualquier signo físico para llamar la atención, que los padres lo interpretan como patológico, un dolor de tripa, de espalda, un tic.

Se trata de un hecho normal y transitorio, que explosiona en el instante que alguien empuja fuera de su lugar de descanso lujoso, a otro,  de su  situación de disfrute, pero que con el tiempo cada uno va adaptándose al rol que la dinámica de la familia le exija, llegando normalmente a la homeostasis o equilibrio perfecto, en él aprenderán todos a ejercer como individuos libres, en el mundo.    

Fuente: Dr Baltasar Rodero. Psiquiatra. Abril 2019