05 Mar 2020
J marzo, 2020

Tractoristas

Baltasar Rodero

Me considero rural, un fruto más del campo, mis raíces creo que se sitúan en ese amplio espacio, y mis recuerdos primeros, me evocan el final de los cuarenta y principio de los cincuenta, visionando un amplio y horizontal campo, horadado por unos surcos algo profundos que no alcanzaban la categoría de valles, donde en los escasos días de lluvia discurrían unos pequeños regatos hasta el rio Duero.

En algunas ocasiones de tormenta atronadora, rota por la permanente persistencia de latigazos resplandecientes, cuando caía el agua de forma casi torrencial, escasos regatos iban alcanzando el vigor de riachuelos, cuyos cauces desbordados, caminaban hasta introducirse en el pueblo, que con casas de adobe o tapial, se reblandecían, incluso en ocasiones caían, con las pérdidas consiguientes, porque la vida familiar tenía lugar en la planta baja.
Pero al día siguiente, una vez liberadas las nubes de su líquido elemento, el sol nos cubría a todos desde su total esplendor, totalmente ajeno a las secuelas de la lluvia, iba lentamente reconduciéndose la paz. Y con ella, el análisis de las consecuencias del enfado del tiempo.

Entonces se sembraba especialmente, trigo, cebada, centeno, avena y algarrobas, representando el trigo la cosecha fundamental, teniendo el estado como único comprador. Este imponía un precio, además de una extensión a cultivar, y a su vez, subvencionaba el mineral, y la simiente para la siembra, para rendir cuentas el día de la entrega del producto, en el silo, situado de forma estratégica, que cumplía las funciones de almacén.

El resto de productos disponían de compradores particulares, sin que estuviera regulado nada, te ofrecían un precio, despreciando el precio de producción, y te quedaban dos opciones, quedarte con ello para irlo vendiendo al por menor, o entregarlo al precio impuesto. Siempre incluso desde niño lo vi injusto, trabajabas y no sabias lo que ibas a obtener, pero era el tiempo de la dictadura, amén de que el campo fue el área económica siempre despreciada, y sin prestigio.

El agricultor disponía de poco margen de maniobra, todo venia, con mejor o peor criterio impuesto. En cada pueblo existían las hermandades de labradores y ganaderos, puramente administrativas, si alguna vez les citaban, era para imponerles lo que esperaban de ellos, no existía diálogo, tampoco información, a cada agricultor, dependiendo de su extensión de terreno, le imponían unas determinadas fanegas para siembra, sin discusión, es lo que tocaba.

Junto a legumbres y cereales, existían alguna viñas, especialmente de verdejo, albillo, tinta de tempranillo y de Toro, que había que labrar de forma casi artesanal, y de las que algunos agricultores hacían, además vino para consumo propio, para la venta, al precio que fuera impuesto por el comprador, bodeguero y dueño de alguna cooperativa, era un producto que aun disponiendo de cepas de calidad, no producía económicamente nada.

Al final de los años 50, todo dio un pequeño salto cualitativo, comenzó el riego gracias a la construcción de un canal, diversificándose la producción, y además su calidad. Se comenzó a sembrar remolacha, maíz, alubias y alfalfa, fundamentalmente. Pero seguía el monopolio del estado, te imponía la siembra de remolacha, y te la compraba al precio que él decía, sin discusión, no obstante, su riqueza se hizo notar.

Como consecuencia de esto, nacieron las pequeñas explotaciones ganaderas, de vacas para carne, así como apriscos, todo ello no industrializado, y con enfoques nada ortodoxos, el trabajo era vital, permanente y muy exigente.

En muchas ocasiones yo me he preguntado las diferencia de este tipo de