Quiero dejarlo pero no puedo

Se trata de una joven de 36 años, que acudió a mi consulta en el verano de 2022, es de una capital de Castilla, y sus padres ya jubilados disponen de un piso en el Sardinero, donde desde hace años pasan un tiempo en el verano. Es hija única, con formación universitaria, y mantiene una vida estable, trabajando en un puesto cualificado y bien remunerado. Mantiene una red de amistades estable, estando perfectamente integrada. “Hace dos años, un día maldito, comenta ella, en la celebración de un cumple conocí al hombre, que actualmente me mantiene permanentemente en un estado inestable, es elegante, amable, muy comunicativo y alegre,con vestimenta juvenil, y adornado de una sonrisa, que atrae, además dispone de mucho tiempo, administra los alquileres de unos pisos que tiene su familia, por lo que pasa mucho tiempo en la calle, siendo su trato encantador. Le vi y me gustó, sonreímos con la mirada, nos seguimos mirando, hasta que nos presentaron, y ahí nació de forma brusca, como volcánica,un flechazo. Me cogió las manos y me las acarició, en la conversación que mantuvimos me rodeó con un brazo y me acercaba, sonreía sin parar de forma natural, hasta que pasado no mucho tiempo me dijo, eres encantadora, ya no te voy a dejar sola nunca, permaneceré siempre muy cerca de ti”.

“Con este prolegómeno, comenzó nuestra relación de encuentros permanentes, además de ocasionales que él buscaba por su tiempo libre, y todo fue fuego maravilloso, pasión dulce y deseada, ternura que me desarmaba, dejándome como en un abandono dulce. Así seguimos ocho meses, pero un día, porque yo no pude acudir a una cita por motivos de mi trabajo, me abandonó, pasó de mí, no sabía nada de él y pensaba que me volvía loca, mi pensamiento siempre estaba ocupado por él, pero no conseguía entender ese comportamiento. Los amigos y compañeros me comentaban que le habían visto, y cuando les decía cual era mi situación no lo entendían, y más cuando él mantenía la relación con todo el mundo, desde la sonrisa que le caracterizaba”.

“Como sabia de mi trabajo y por lo tanto mis horarios, después de más de tres meses me esperó a la salida del mismo; el corazón se me desbordó, latía que me ahogaba, no podía respirar, temblaban mis piernas y temía perder el equilibrio, pero él sonriente, desde la normalidad más absoluta, se acercó, me dio un beso normal, siguió sonriendo, y comentando -que siempre había estado con él, que seguía incluso más guapa y elegante, “lo que ocurre es que tengo que cambiar”, ser más atenta, amable y cercana, que le hice una faena, pero que la había olvidado como desea que yo la olvide-, y dando la impresión de que no pasaba nada, nos acercamos a una cafetería, tomamos un café, en ese momento se acercó más, comenzando sus caricias, sus palabras tiernas, su calor, la expresión de sentimientos de profundo cariño, renaciendo de nuevo el hombre que conocí aquel lejano día, el día que me traicionó mi cabeza.

Seguimos con la relación en la que profundizamos, la entrega era casi vital, y los encuentros más fogosos, yo deseaba verle de forma permanente, el me buscaba, a la vez que controlaba mis horarios, y yo dócilmente obedecía y la entrega me mecía cada día más, a la vez que me abandonaba en sus brazos, pero cuando más alocada me sentía por poseerle, nuevamente en una discusión, a propósito del análisis de la conducta de un amigo común, en la que no le gustó mi punto de vista, al día siguiente no acudió a la cita. Desorientada, confusa, carente de crítica, deambulaba, y hasta mis padres notaron mis despistes, no los podía evitar, incluso en el trabajo de gestión que realizo en la empresa, me corrigieron algunos errores, aspecto que me puso en guardia, tratando de superar mi situación, para lo que un médico amigo de casa me prescribió unas pastillas. Hasta este momento, se han sucedido estos periodos intermitentes de encuentros y desencuentros, y no puedo más, me faltan las fuerzas, he llegado a admitir que aunque me quiera, no necesito ese tipo de cariño, es muy tóxico para mí, por lo que le quiero apartar de mí, y vengo a que me ayude.

Estamos frente a una adicción, el encuentro nos llena de dopamina; placer infinito, y el alejamiento de cortisol; dolor profundo, quejas múltiples, desgracia. Por lo que la radicalidad es la tecla; ha muerto, no existe, pasa a mi lado y no le veo, no hablo con él, ni permito que nadie me hable de él, ni yo hablaré de él con nadie jamás.

Fuente Dr. Rodero, Psiquiatra, Santander 2026.

 

 

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